miércoles, 17 de septiembre de 2014

Pasar página

Y es que sin darnos cuenta nos aferramos a lo que un día fuimos, a lo que un día tuvimos sin tener en cuenta si quiera si es eso lo que somos, si es eso lo que realmente queremos, si nos beneficia de alguna manera.
Y es que es difícil, ¿no? Renunciar a lo que un día nos hizo felices, renunciar a todo lo que poseíamos o creíamos poseer para dar paso a algo desconocido e incierto.
Y a veces, cuando creíamos haber conseguido pasar página, nos sorprendemos a nosotros mismos pensando en el pasado, quizá añorándolo hasta que duele y hace daño donde no se ve.
Y de vez en cuando encontramos la felicidad en el presente, encontramos nuestro sitio, nos damos cuenta de que estamos en el lugar que nos corresponde en el momento oportuno. Nos damos cuenta de que lo hemos conseguido y realmente hemos alcanzado la ansiada felicidad.
Y de vez en cuando volvemos a recordar.
Y no digo que no quiera un futuro, no digo que quiera estancarme para siempre en un ayer lleno de palabras vacías, razones y motivos. No digo que no quiera un futuro mejor, no lo digo. Digo que quiero una garantía, un contrato, un seguro, quizá algo que cambie mi rumbo para no volver a andar lo andado, que me obligue a esquivar los caminos con obstáculos y me lleve por donde mis pies descalzos puedan pisar la arena y descansar al fin.
Pero este seguro, esta garantía, no es más que una fantasía, pues su no-existencia es lo que dona el carácter imprevisible al futuro, ese rasgo volátil del presente, que en un instante lo torna pasado, lo torna recuerdo, lo torna memoria.
Y la memoria no es más que un mar de presentes agotados, de relojes de arena que nunca se detuvieron.
Y la vida sigue, y el tiempo pasa, y este mar de recuerdos inunda los instantes presentes arrasando todos los planes fallidos, todas las oportunidades perdidas, todo lo que no surgió y desapareció. Pero el futuro sé yo que no lo inunda, porque el futuro viaja en una barca de madera para no ahogarse, y escapa de las tormentas y tempestades dirigido con su timón, guiado por la experiencia, que no deja de ser un pasado con lección, una orientación que sirve de guía, un superviviente a la inundación.


Fotografía: Alfonso Peñarroya Rodríguez


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